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Soy Ronan Miller, miembro de la Fundación Española de la Tartamudez y estudiante de doctorado en la Universidad de Valencia, y desde mis vivencias propias y las conclusiones extraídas tras años de estudio, voy a empezar a hablaros de un viaje apasionante entre la tartamudez, el aprendizaje del idiomas y el bilingüismo.

“La mayoría de la población mundial es bilingüe, cambiando con fluidez entre idiomas según se requiera y demostrando la belleza de la comunicación entre lenguas y culturas. La acción y el lenguaje están inextricablemente unidos, y nuestras vidas están definidas por cómo entrelazamos el lenguaje con nuestras experiencias, esperanzas, problemas y necesidades. La capacidad de vivir en diferentes idiomas es una experiencia única y enriquecedora que debe ser atesorada por todos los que puedan hacerlo. Mis experiencias personales como un joven monolingüe que tartamudea me hicieron creer que sería para siempre un espectador de esta utopía lingüística. Afortunadamente, he podido encontrar un pequeño rincón en este mundo desde el cual puedo observar y participar en una experiencia bilingüe. Debo mi progreso a la excelente orientación profesional de los logopedas, a la presencia galvanizadora de otras personas que tartamudean, a un poco de suerte y a una determinación empecinada.

Ahora soy efectivamente bilingüe después de 10 años viviendo en España; el inglés y el español se sientan uno al lado del otro en mi cerebro, a veces interponiéndose en el camino del otro, pero generalmente existiendo en una convivencia armoniosa. Ahora la gente me pregunta si soy «fluente» en español. Sé a lo que se refieren, y la respuesta a su pregunta es sí, pero generalmente hago una pausa antes de responder porque ser «fluido» no es tan sencillo y en mi caso, no es del todo exacto.

Llegar a este punto no ha sido fácil, el aprendizaje de idiomas es difícil y el hecho de que tartamudee ha sido tanto un don como una maldición en ese sentido. A menudo pienso que mi fascinación por el lenguaje se ha visto estimulada en parte por el hecho de que articular palabras con fluidez ha sido, a veces, inaccesible para mí. La tartamudez significa que la producción del lenguaje a menudo va acompañada de una serie de sensaciones físicas. En este sentido, puedes literalmente sentir el lenguaje dentro de ti, fluyendo, siendo incómodo y agotador y a veces fluyendo de nuevo. Esto crea una relación un tanto extraña. Llegas a aprender en qué fonemas puedes confiar y cuáles son un poco más impredecibles. Tus palabras favoritas pueden convertirse en enemigas y pasar desapercibidas durante largos períodos de tiempo, y los nombres de tus seres queridos pueden provocar una lucha injusta. El lenguaje se convierte en algo más que el lenguaje, se convierte en una constante de ida y vuelta que se juega entre el cerebro, los pulmones, la garganta, la lengua y los labios.

Para mí, aprender otro idioma ha sido una experiencia interesante. A veces el juego se vuelve más intenso, pero en otros momentos parece apagarse. Los bajos pueden ser abrumadores, pero los altos también. Después de experimentar el lenguaje a través del prisma de la tartamudez, encontrar tu lugar en un mundo multilingüe es una experiencia fascinante, la cual ha sido enormemente beneficiosa para mí personalmente y creo que también podría serlo para otros.

He descubierto que aprender otro idioma me ha permitido ver la comunicación de manera diferente. Ahora siento como si algo de la intimidante fachada del lenguaje se hubiera desmantelado, mi nueva habilidad para construir correctamente preguntas, afirmaciones y observaciones en español ha compensado parte de la frustración que mi tartamudeo puede generar ocasionalmente. Del mismo modo, creo que mi yo de 15 años reaccionaría positivamente a cómo soy capaz de expresarme en otro idioma, cuando durante mucho tiempo pareció que tal sueño nunca se haría realidad.

A pesar de estas razones para una reflexión positiva, a veces siento que mi aprendizaje ha sido enrevesado por mi forma de hablar: además de aprender a hablar en español, he tenido que aprender a tartamudear en español. Con esto no me refiero a estudiar para evitar palabras problemáticas (aunque a veces lo he hecho), sino más bien a entender cómo mi disfluencia puede quitarme temporalmente la capacidad de usar mis conocimientos lingüísticos conseguidos con mucho esfuerzo y ponerme de nuevo en el lugar del chico que falló su examen oral en el instituto. Saber lidiar con estos momentos (que pueden ocurrir a diario) ha sido fundamental para separar mis tropiezos relativamente menores del progreso genuino. Creo firmemente que las experiencias positivas con los logopedas me han ayudado en este sentido, ya que he aprendido a no mortificarme en los momentos en los que me ha resultado difícil la comunicación y me he fortalecido gracias a mis experiencias positivas usando un nuevo idioma.

Yo sigo aprendiendo; ahora imparto clases de inglés como lengua extranjera y soy estudiante de doctorado. Mis intereses de investigación se centran en la lingüística aplicada, la enseñanza y el aprendizaje de lenguas extranjeras y educación inclusiva. Mis propias experiencias han impulsado estos intereses y está claro que aprender un idioma extranjero es una habilidad increíblemente útil para la vida, lo cual puede tener un impacto significativo en el desarrollo personal y profesional de un individuo de muchas maneras. Además, las investigaciones sugieren que el aprendizaje de idiomas es un ejercicio cognitivamente beneficioso, que promueve el crecimiento de la materia blanca y ayuda a mantener el cerebro «en forma». Sin embargo, el aprendizaje de idiomas extranjeros puede ser intimidante. Factores como la interacción hablada, la evaluación del rendimiento oral y un sistema fonético desconocido puede hacer que sea aún más desafiante para los estudiantes que tartamudean. En muchos sentidos, las clases de idiomas pueden incluir muchos de los aspectos más desalentadores de la comunicación verbal y pueden convertirse en una síntesis de todo lo que tememos.

 

La ansiedad en este contexto ha sido identificada como un factor importante, ya que puede impedir el aprendizaje, reducir la motivación y dificultar el rendimiento de los estudiantes. Por otro lado estudios con personas que tartamudean han identificado tasas más altas de ansiedad que en la población general, resultados que pueden indicar que la relación entre la ansiedad y la tartamudez puede tener implicaciones en el progreso de los estudiantes que tartamudean. A pesar de esto, parece haber muy poca investigación sobre la ansiedad de estos estudiantes en el aprendizaje de idiomas extranjeros. En un modesto intento de abordar esta escasez de investigación, he llevado a cabo un estudio en España con estudiantes de inglés como lengua extranjera. Me interesan las relaciones entre la ansiedad, el tartamudeo, el aprendizaje de idiomas y las creencias auto-relacionadas mantenidas por los estudiantes que tartamudean y creo que al conversar con ellos podremos entender mejor cómo se pueden mejorar las clases de idiomas para todos los estudiantes, pero particularmente aquellos que tartamudean.

Mi investigación utiliza un enfoque de métodos mixtos; por un lado, he realizado y analizado 18 entrevistas semiestructuradas con estudiantes que tartamudean, mientras que por otro, estos mismos estudiantes y un grupo de comparación de estudiantes que no tartamudea completaron dos cuestionarios diseñados para evaluar los niveles de ansiedad en el aula de lenguas extranjeras. Las entrevistas brindaron a los participantes la oportunidad de relatar sus experiencias con el inglés como lengua extranjera en sus propias palabras. Este enfoque metodológico permitió una visión más completa de cómo surge la ansiedad en el aula de inglés y cómo puede diferir en los estudiantes que tartamudean en comparación con los que no lo hacen. Llevar a cabo esta investigación ha sido una experiencia inmensamente enriquecedora para mí y estoy agradecido por la franqueza de los participantes por compartir sus experiencias conmigo. El estudio aún está en curso, pero se pueden presentar algunos resultados preliminares.

En general, los estudiantes que tartamudean reportaron experimentar más ansiedad que sus compañeros que no tartamudean. Esto parecía ser el resultado de la ansiedad generada por la lengua extranjera que aumentaba la ansiedad existente con respecto a la comunicación y la evaluación social negativa. Mientras que los niveles de ansiedad con respecto a las tareas del habla eran más altos en los estudiantes que tartamudeaban que en sus compañeros que no tartamudeaban, éste no era el caso para las tareas de los otros dominios de habilidades lingüísticas como leer, escribir y escuchar.

Al interpretar estos resultados, es importante considerar cómo vivir con la tartamudez puede influir en los comportamientos comunicativos. La naturaleza del tartamudeo y las reacciones sociales al habla disfluente hacen que algunas personas que tartamudean utilicen ciertas estrategias para manejar su fluidez oral durante la interacción oral. Éstas incluyen conductas del habla que los logopedas desalientan con razón, como el uso de sinónimos o la reformulación de frases para evitar palabras problemáticas. Sin embargo, sigue siendo un hecho que para muchos individuos que tartamudean son hábitos difíciles de romper y muchos recurren a estas como una especie de red de seguridad en situaciones comunicativas desafiantes. Los participantes declararon que la falta de recursos lingüísticos en el idioma extranjero a menudo significaba que no podían adoptar este tipo de comportamientos compensatorios. De manera comprensible, esto causó cierto grado de aprehensión. Por ejemplo, una participante afirmó con orgullo que ella y otras personas que tartamudean son «expertos en sinónimos», pero que esta habilidad lingüística la abandonó cuando estaba en clases de inglés. En consecuencia, la participación en tareas orales como leer en clase o presentar se hizo mucho más difícil que en su lengua materna. Sin embargo, también da una indicación de una fuerte confianza subyacente en sus conocimientos lingüísticos.

Los comportamientos evasivos hacen más daño que bien, pero vale la pena reconocer la destreza lingüística que implica evitar las palabras «problemáticas» al tiempo que se formulan frases y se mantiene la comunicación. Es posible que si habilidades como estas son canalizadas de manera positiva, puedan ser beneficiosas en una clase de lengua extranjera. Además, cuando se proporciona un apoyo adecuado, uno puede considerar los beneficios de que tales hábitos se vuelvan inaccesibles; los individuos pueden darse cuenta de la naturaleza fortalecedora de decir las palabras que quieren decir y, a su vez, aprender a reducir las conductas de evasión. Igualmente, algunas personas que tartamudean consideran que han desarrollado ciertas características que pueden ser beneficiosas al aprender un idioma extranjero. Por ejemplo, una cierta afinidad por escuchar fue expresada por algunos participantes, quienes consideraron que su habilidad en la escucha activa se había desarrollado en respuesta a la tartamudez.

Sin embargo, el testimonio de la mayoría de los participantes indica que la ansiedad interrumpe sus experiencias de aprendizaje y puede resultar en el desarrollo de creencias negativas relacionadas con uno mismo, como una baja autoestima, creencias negativas relacionadas con su auto-concepto, una auto-eficacia débil y percepciones negativas de su identidad como aprendiz del idioma. Por lo tanto, parece que la ansiedad experimentada en este contexto puede desencadenar una serie de respuestas emocionales y conductuales que pueden ser perjudiciales para el progreso tanto dentro como fuera de las clases de idiomas.

Para remediar esto, los participantes sugirieron que la conciencia, la comprensión y la colaboración de los maestros y compañeros fueron clave para reducir la ansiedad y mejorar la experiencia de aprendizaje. Los participantes estaban especialmente convencidos de que los profesores deberían tomar la iniciativa mostrando paciencia y aceptación en el aula, así como la voluntad de hablar en privado con los alumnos que tartamudean. Los beneficios de las conversaciones individuales con los maestros fueron destacados como un paso importante para disfrutar de la participación en el aula. Por último, los participantes expresaron un enorme deseo de participar activamente en las actividades del aula, pero experimentaron que la dinámica del aula a veces lo impedía. Los estudiantes que tartamudeaban que habían podido reducir o mitigar la ansiedad y recibieron apoyo han descubierto que el aula de idiomas extranjeros puede ser un contexto en el que pueden desafiar ciertos temores que tienen que ver con el lenguaje hablado y desarrollar creencias positivas relacionadas con uno mismo. Es alentador que un cambio positivo de este tipo también parece mejorar las actitudes más amplias hacia la comunicación, incluidos los contextos en los que se habla la lengua materna de una persona.

Al profundizar en nuestra comprensión de cómo este grupo de estudiantes se ve afectado por la ansiedad, podemos proporcionar una mejor enseñanza para que todos los estudiantes sean capaces de alcanzar su potencial y experimentar la alegría que se puede encontrar en la comunicación. Espero que este estudio se agregue a la literatura sobre experiencias de personas que tartamudean y estimule la discusión en el campo de la enseñanza de idiomas extranjeros. Además, me encantaría incentivar a los logopedas que trabajan con estudiantes de idiomas que tartamudean a que den soporte en el progreso de un proceso desafiante, pero tremendamente gratificante. Creo que pueden desempeñar un papel crucial a la hora de proporcionar el apoyo y el estímulo que a veces puede faltar en el aula de idiomas”.

Feliz travesía

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