“QUERIDO MIEDO”

Tenía 14 años y todo a mi alrededor era GRANDE.

El instituto era grande, mis compañeros eran grandes, las amenazas eran grandes, las risas eran grandes, los miedos eran grandes, la angustia, el dolor… la VIDA me quedaba grande. Demasiado para alguien con tartamudez atrapada en una garganta por la que no salían las palabras. Y no solo la garganta. EL CORAZÓN… un corazón hecho añicos.

Las burlas, la poca pedagogía de los profesores de la época, y lo poco que se hablaba de tartamudez hace 25 años, hicieron igual de horribles las risas que la propia representación mental que yo tenía de mi misma… DIMINUTA, INUTIL.

Las paredes temblaban, el pupitre se movía, las sillas de mis compañeros chirriaban cuando se giraban para ver qué me pasaba… todo tenía movimiento menos mis palabras. Y luego, venía el desprecio, la vergüenza, el refugio emocional, mutilarme, limitarme, la soledad. Cuando conseguía salir de un bloqueo, en el mejor de los casos, estaba más preocupada por si alguien se había dado cuenta, preocupada por el qué dirán. Pero lo común era clavar los ojos en el suelo deseando que alguien me llevara a 5 metros bajo tierra… en esos días solo me faltaba la corona para sentirme muerta. Cárcel cruel la del instituto.

Abandoné los muros de hormigón de las aulas y cambié casi de todo: de peinado, de aspecto, de trabajo, de amigos… y te conocí. Pero el sentimiento de inutilidad llegó a pesar 10 kilos más, uno por año que estuve contigo. Porque tú, cariño, pesas, y mucho.

¿Sabes qué?. Con melancolía envidio a las parejas que tienen una canción, ese recuerdo imborrable que les lleva al momento más preciado. Yo nunca lo tuve contigo. Las únicas veces que me susurrabas al oído era para recordarme aquello de “nena, con faldas no se torea”. Y yo me rendía de nuevo ante ti. Me escondía en el marco de la puta “cultura huésped” donde por ser mujer, y encima “tartamuda”, tenía que permanecer pequeña, callada y limitada. Me decías que me protegías, te empeñabas en advertirme que soñar era peligroso, que todo lo hacías por mi propio bien. Me intentabas convencer que era mejor si no lo intentaba, me hacías creer que yo no podía. Me negabas. Fíjate que hasta llegué a pensar que me hacías un favor. Recuerdo en la cena de tu promoción en la empresa tu codo clavándose en mi costilla para advertirme que estaba haciendo el ridículo. Si, posiblemente la tartamudez no me dejaba comunicarme con fluidez, pero tu te habías convertido en la mordaza que llevaba en la boca, y tu manos eran la cuerda que no me dejaba ser yo.

Y con esa máscara viví años. Sin la posibilidad de tener éxitos, logros, derechos, dignidad… ni como mujer, ni como profesional, ni como ser humano. Te juro que llegué a sentir en muchas ocasiones hasta gratitud. Me habías dado el privilegio de formar una familia, aunque fuera siendo aquel “adorno” que todo el mundo ve pero nadie mira. Por eso sentía la gran responsabilidad de complacerte, de atenderte, de darte y no me cansaba de buscar constantemente tu aprobación. Y me sentía culpable si no lo conseguía, porque así es como ya me educó mi madre, para ser dadora, para el afecto y no para el empoderamiento. Y ante eso, tu ganabas… de momento.

Pero llego un día en el que no tuve más que dar, porque ya no quedaba nada. Y ese día solo supe llorar, llorar y cuando dejaba de hacerlo, me secaba las lágrimas para seguir llorando. Y en medio de ese desahucio emocional vislumbré que después de caer, quizá también se podría reír, bailar, cicatrizar, hacer limpieza de aquello que nos debilita.

Hasta que un día, un miércoles cualquiera, miré a la cara al miedo y me atreví a decirle:

“Querido Miedo, me has jodido durante muchos años de mi vida. Me has impedido crecer, vivir, enseñar al mundo quién soy, sin embargo ahora sé que el único fracaso es no haberlo intentado. No acepto más este contrato. AHORA que ya puedo mirarte a los ojos, ahora que ya no bajo la mirada, SOY YO la que te advierto a ti, MIEDO. Desde este momento, cada vez que invadas mi mente, cada vez que aparezcas en mi vida diciéndome sobre lo que puedo o no puedo hacer, ya no serás la excusa, sino que serás el motivo para hacerlo. Y debes saber que esa energía que me hacía despreciable, sumisa y que me hacía huir se convierte hoy en mi razón, mi causa, mi propósito. He descubierto que aunque eres real, no eres tan fuerte, y que cuando me enfrento a ti, empequeñeces. Y tú también Sebastián”.

Dicen que para tomar una decisión hay que tener como mínimo 3 opciones. Y qué casualidad, resulta que las tengo:

1. Ser Feliz,

2. Ser Feliz,

3. Ser Feliz.

¿Y sabes qué? Aquí te quedas.,

YO me voy a seguir mis sueños.

Autor: Yolanda Sala Pastor

 

 

 

 

 

2 Comentarios
  1. enhorabuena!!! Yolanda por tu relato, un saludo…..

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